La pobreza como causa (y no como consecuencia)

Uno de los deportes nacionales en nuestro país (y seguramente en otros muchos, para qué nos vamos a engañar: en el fondo no somos tan diferentes unos de otros) es asumir que uno mismo siempre hace todo bien, mientras que todos los que hacen las cosas de una manera diferente son unos Patanes Ignorantes que Hacen Todo Mal. Este segundo grupo, además, se puede subdividir en dos:

  • A los que les van las cosas mal: consecuencia evidente de Ignorantes que Hacen Todo Mal, y les está bien empleado
  • A los que les van las cosas bien: no es que haya nada que aprender de ellos (ni nos planteamos que tal vez no estén tan equivocados), sino que a pesar de hacerlo todo mal, tienen mucha suerte

Es decir, se tiende a asumir que los éxitos de uno mismo son resultado directo de los méritos propios, mientras que los fracasos son culpa del destino. Curiosamente, a los demás les aplica a la inversa: todos sus males son consecuencia directa de su propia inutilidad, pero los éxitos son resultado de su (inmerecida) buena suerte, a pesar de su clara incompetencia.

Esto tiene una aplicación clara con el tema del ahorro: un sector de la poblacion asume que ahorrar es imposible (según ellos, causa definitiva de que ellos no consigan ahorrar nada), y los que consiguen juntar algo a fin de mes no es porque tengan un objetivo, un plan que revisan con frecuencia y una disciplina, sino que por las mañanas al abrir la nevera en vez de encontrarse un huevo y dos yogures, se encuentran un fajo de billetes. Sorpresa.

Pero a pesar de lo que pueda parecer, hamijos, hoy no venimos a quejarnos, sino a hacer un poco de autocrítica.

Hay una parte muy significativa de la población que apenas llega a fin de mes. Dentro de esta categoría, hay personas muy diferentes. Están los que tienen unos ingresos elevados pero de alguna manera consiguen fundírselo todo (esta gente se merece un capítulo aparte), pero también están los que consiguen sobrevivir o sacar adelante a una familia con un sueldo muy por debajo de lo que se merecen, a base de esfuerzo (esta gente se merece un monumento).

Pero también están los que, a pesar de encontrarse en una situación precaria y estar a una nómina de la insolvencia (y eso suponiendo que tengan nómina), no parecen tener ninguna preocupación por mejorar. Es gente que derrocha lo poco que tiene en caprichos totalmente prescindibles, y no dudan en gastarse los últimos 50 euros en cualquier estupidez. Gente que muestra una afición especial por lujos que no aportan nada, como ropa de marca o ir a la peluquería con más frecuencia que a la biblioteca, y que ante dos opciones similares eligen la cómoda en lugar de la barata. Supongo que todos estamos de acuerdo en que esta clase de gente, definitivamente, es responsable de su situación y tiene lo que se merece, ¿no?

Sin embargo, hace tiempo leí un artículo muy interesante que escribión Roger Senserrich para JotDown sobre el impacto sobre la capacidad de decisión de una persona que tiene el encontrarse en una situación precaria. Refleja una idea muy potente, que se plantea en los estudios de Sendhil Mullainathan y Eldar Shafir como se cuenta desde el Observatorio Social de La Caixa. El resumen es que hay que plantearse la pobreza no como consecuencia de una serie de malas decisiones, sino también como causa.

Es decir: es un hecho evidente que hay gente que toma decisiones estúpidas que los hunden aún más en la miseria. Sin embargo, hay que considerar esas decisiones junto con en el marco social de esas personas: se ha demostrado que las situaciones de estrés y angustia tienen un impacto directo en cómo el cerebro evalúa y decide, o dicho de otro modo, cómo encontrarte en una mala situación favorece que tomes decisiones que te hagan empeorar más, ya que la precariedad entorpece la planificación a medio plazo, y por el contrario da pie a decisiones impulsivas o de gratificación rápida. Esto explica comportamientos aparentemente irracionales, como pedir un crédito sobre otro crédito para cambiar un coche que funciona perfectamente, o gastar los últimos 30 euros en apuestas de BetWin.

Esta idea también se deja ver en otros muchos estudios sobre la pobreza, como por ejemplo el impacto de la educación y el ambiente en el comportamiento de las personas en situaciones vulnerableseste artículo de Politikon resume algunos de ellos.

A pesar de todo, no queremos dejar en el aire la idea de que nadie es responsable de sus acciones. Al revés, pensamos que la sociedad actual tiene una cierta tendencia a la inmadurez, y a intentar culpar a los demás (a la familia, a la clase política, al destino) de todos los males que sufrimos. Cada persona adulta tiene la posibilidad de tomar el contro de su vida, y asumir que la libertad de elegir conlleva también la obligación de hacer frente a las consecuencias de cada decisión libre.

Sin embargo, la realidad es compleja, y es necesario también dar un paso atrás antes de juzgar la pobreza y la precariedad desde una posición relativamente cómoda. Si el medio en el que se crece determina en gran parte el comportamiento a futuro, es responsabilidad de todos como sociedad el garantizar que cada persona tenga la oportunidad de desarrollarse en un ambiente favorable, independientemente de su condición de origen (cuidado, que favorable no significa nadando en dinero, sino con las necesidades básicas cubiertas y garantizadas por el Estado, como sanidad, educación y ocio). La pobreza es un círculo a veces difícil de romper, pero se ha demostrado que pequeñas acciones positivas pueden tener un impacto considerable en las personas, o dicho de otro modo, el ser humano tiene un potencial enorme, si se le libera del lastre que le supone una situación precaria.

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