Dar el salto al minimalismo. Primera parte: el motivo

Cuando pienso en todos los cambios que hemos hecho en nuestro estilo de vida, hacernos minimalistas es sin duda uno de los más importantes (tener tres hijos es otro, pero eso da para otro blog entero). El minimalismo nos ha traído muchas ventajas, pero la principal es la cantidad de tiempo y energía que nos permite liberar y usar en cosas mucho más productivas.

A día de hoy me cuesta imaginarme viviendo de otra manera, y sin embargo, el cambio no fue gradual. Cuando me fijo en otras personas que han abrazado el minimalismo, veo una situación parecida a la nuestra: aunque todos los caminos son posibles, normalmente hay alguna circunstancia que dispara el cambio. Y del mismo modo, cuando veo gente que aún no ha conseguido dar el paso, veo los mismos patrones y actitudes que hacen casi imposible salir de la espiral de acumular y mantener cosas, y el esfuerzo (en tiempo, dinero y energía que supone). ¿Te sientes identificado en alguno de estos dos escenarios?

Minimalista se hace, no se nace

En mi caso, durante toda la vida he tenido tendencia a acumular. No a comprar, a acumular, que no es lo mismo. Pero por pocas cosas que compres, si no tiras nunca nada es inevitable acabar con una gran cantidad de trastos sumados a lo largo de los años. En mi casa era habitual la típica mentalidad española de la generación anterior, dada a gastar poco en lo innecesario, pero con tendencia a no tirar nada por si puede valer en un futuro. Qué os voy a contar, mi abuelo se iba guardando en los bolsillos los tornillos que se encontraba por la calle.

Sin embargo, en parte por elección y en parte por casualidad, los dos Esencialistas acabamos viviendo durante dos años en Estocolmo en una habitación de 20 metros cuadrados. Eran alojamientos de la universidad, estaban amuebladas de la forma más sencilla posible, y sólo te garantizaban estancias de 6 meses. Así que como consecuencia, hicimos varias mudanzas durante aquellos años. En la zona de estudiantes donde vivíamos no era frecuente ver empresas de mudanzas: allí los traslados se hacían en bolsas azules de Ikea. Así que aprendimos las enormes ventajas de tener sólo lo imprescindible, lo que nos permitía vivir cómodamente en un espacio pequeño y poder cambiar de lugar y de vida sin muchas complicaciones. Cuando volvimos de Estocolmo ya éramos minimalistas.

Una vez en de vuelta en Madrid, no hace falta que os cuente cómo estaba el tema de alquilar piso en lo que a tamaño y cambios se refiere. Así que lo natural era continuar viviendo como sabíamos, con poco. Aún así, aún recuerdo las primeras mudanzas: es increíble la cantidad de mi***da que se puede acumular sin casi darse cuenta. Por entonces ni sabíamos lo que era el minimalismo como movimiento, ni habíamos oido hablar de Marie Kondo, ni nos importaba: vivir así era el único modo de vida que nos parecía razonable.

Años más tarde empezamos a ampliar la familia, y en este caso tampoco nos planteamos ningún cambio en particular: si tener un exceso de cosas es perjudicial para un adulto, ni os cuento lo que nos parecía para un bebé. Hay que reconocer que nos costó un poco, porque la gente -con buena intención- tiende a freír a cosas a los niños. Pero el argumento de “no tenemos espacio” siempre nos vino bien. Tampoco os penséis que nuestros hijos jugaban con un palo y una piedra: tienen mucho más de lo que necesitan, pero incluso eso sigue siendo mucho menos de lo que tiene en media un niño en nuestro país. Ellos son Esencialistas de nacimiento y no tendrán que hacer ninguna transición al minimalismo.

Dar el salto

Al resto de la gente imagino que le pasará como a nosotros: ser minimalista es una elección y un cambio que requiere un esfuerzo. Si quieres dar el salto, necesitas tener claro que quieres un cambio real, lo que te supondrá modificar tu mentalidad y tus hábitos. Para ello es clave que estés convencido de que va a suponer una mejora importante en tu vida. Porque, aunque en estos temas no hay verdades únicas e inmutables, lo más habitual es que si intentas hacer un cambio lento y gradual no llegues a ningún sitio. Después de una vida entera acumulando cosas, es complicado dejar de hacerlo si no das un corte limpio que te permita ver de un sólo vistazo la enorme mejora que supone. Intentar tirar poco a poco probablemente acabe con el clásico efecto rebote: después de ordenar, tirar y recolocar, acabas con la misma cantidad de trastos que tenías.

Así que si te estás planteando pasarte al minimalismo, lo primero es pararte a pensar: ¿realmente quieres ser minimalista? Una cosa es apreciarlo en otra persona, y una muy diferente es serlo. Muchas veces veo en la gente los típicos casos de excusitis total: te dicen lo ordenada y despejada que está tu casa, pero cuando les propones que hagan lo mismo, empiezan a llover las excusas: “yo es que tengo muchas cosas” (precisamente de eso estamos hablando, de que tengas menos), “yo es que necesito más porque trabajo en…”, etc.

Así que plantéate si quieres ser minimalista, y porqué quieres serlo. Plantéate si de verdad estás dispuesto a vivir con menos, lo que a la hora de la verdad te permitirá vivir más. Nosotros podemos hablarte de las múltiples ventajas, pero lo más importante es que tú mismo estés convencido. Te aseguro que vivir una vida más frugal o más austera no es para nada vivir peor; al contrario, te permite concentrarte mucho más en las cosas que son importantes.

¿Estás dispuesto a dar el salto al minimalismo? Nos vemos en la siguiente parte: el proceso.

2 comments
  1. Muchas gracias por el post, estaré atento a nuevas entregas 🙂

    1. Gracias a ti por leer! Un placer tenerte aquí! 🙂

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